Sección de Montaña y Esquí
Deporte Federado

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29/04/2018 | CRONICA Y FOTOS
Muralla China de Finestres

Hola Familia!!

!!Hoy nos dirigimos a la  ” Muralla China”  !!  (también en Aragón tenemos esas cosas)

Qué tristeza y pena da cuando visitas una zona con pueblos abandonados. Fragmentos de casas, vallas, maleza incontrolada por todas partes…y en esta ocasión el embalse de Canelles de fondo presidiéndolo todo.

Hoy ha corrido  la bota de vino mientras comíamos. Esto me ha hecho reflexionar. Os cuento:

En el cuarto de montaña surgen conversaciones, a veces curiosas. Hace unos días compartía anécdotas con Domingo. Le prometí  escribir unas líneas sobre vivencias con respetados y admirados abuelos de cualquier lugar del Pirineo.

Todo comienza con preguntas, en la calle, en una solana…..

¡Cómo ha cambiado todo!  Esta frase así de chata y perogrullesca me abría con frecuencia toda una fuente de información. Cuando ves un plan de ancianos en un carasol, silenciosos, graves, en actitud de espera, me acerco a ellos sin dudar para darles los buenos días y hacer el comentario meteorológico de turno que es la conversación de los que nada tienen que decir. Les ofrezco un cigarrito, lo encendemos y como quien no quiere la cosa les comento:¡”Cómo ha cambiado todo”! Y ya está:

¿Qué si ha cambiado todo?, Mira, en mis tiempos…

Y ya lo difícil es hacerlos callar. Tienen muchas cosas que contar y nadie que les escuche. Y ellos son los que saben.

En nuestros pueblos ya no hay niños. Tampoco hay jóvenes están en las ciudades. Sólo hay viejas y viejos. Ellas en la cocina o con un trapo en la mano dando vueltas por la casa porque “siempre hay algo que hacer”. Ellos, cuando hace sol, arrimados a esa pared que también conocen. Si hace malo, en la mesica de la cocina o sentados en la cadiera.

Con su filosofía. Con su mirada ausente. Como si su atención estuviera hacia dentro porque hacia fuera nada vale la pena. Sueñan, añoran, recuerdan, esperan, (¿esperan que?) ¡ Y qué visión más exacta de las cosas!. Recuerdo la salida de aquel anciano que llevaba de la mano a su nietico. El niño tiraba del agüelo:

Corre yayo, que llueve. Y para que vas a correr, hijo, si más allá llueve también.

Y la crítica. Por supuesto mezclada siempre con el sentido del humor. El humor es el único que no ha abandonado a nuestros pueblos. El día que se marche, ya podemos plegar.

En una ocasión, fui invitado a comer por una pareja de ancianos.

Se encontraba la familia al completo. Yo conocía a los hijos. El lugar Señes. El abuelo presidia la mesa, también la bendecía. En esta ocasión no fue así, pues el abuelo soltó: “En una casa republicana, no cal rezos, Ixo  en a ilesia”. Y con un “güen provecho” lo soluciono.

Nadie empezaba a comer hasta que el abuelo lo hacía. También era el que señalaba los momentos de echar el trago con el porrón. Uno de los comensales no sabía beber “a gargallé” (a lo alto) y tenía que chupar el pichorro, como si tocara la trompeta y por eso, cuando bebía vino, el yayo le embromaba con un “tararííí” imitando el cornetín.

El vino tenía rituales. Nunca se bebía hasta que lo hacía el que presidía la mesa. La medida en días ordinarios era clara: “un trago para la verdura y dos para la pizca”. Esto lógicamente no se tenía en cuenta en la comida de huéspedes, como tampoco se tasaba el trago. El ideal al beber en bota o en el porrón era el de “siete buchacas y la boca llena”.

Cuando se comía rancho en el campo, también el abuelo moderaba con la bebida. Cuando lo creía conveniente exclamaba: ¡Trago! todos dejaban la cuchara apoyada en la sartén común, bebían por turno y no volvían a coger el cubierto hasta que todos habían libado.

Una superstición muy extendida era que no se debía dejar el porrón sobre la mesa de forma que el pitorro apuntara a algún comensal porque era muy malo para él.

La abuela al comenzar el pan siempre hacía una cruz con la punta del cuchillo, (cosa que al abuelo le crispaba), y nunca se dejaba el pan encima de la mesa vuelto al revés, con la parte plana hacia arriba “porque la virgen sufría”

Cuando los días eran cortos y el atardecer transcurría tranquilamente en la “dilata” o velada a la mor de la lumbre se merendaba casi siempre lo mismo, una tajada de pan con un chorrico de vino por encima y espolvoreada con azúcar. Merienda barata pero que sabía a gloria.

Gentes que han fertilizado los corazones de quienes han tenido la ocasión de conocerlos.

SÁBADO 28  DE ABRIL – MURALLA CHINA DE FINESTRES.

Puntuales y con la incertidumbre de la climatología, hemos salido con el autobús casi lleno. Amanece pronto, y comienzan las preocupaciones, la lluvia hace acto de presencia, Nosferatus nos está poniendo a prueba, pero deja de llover a pesar del día gris.

Llevábamos mucho tiempo sin salir al monte, pero  las condiciones climatológicas son las que mandan, practicamos esta afición para divertirnos y conocer el medio, si eres un purista llegas a creer que te estas amarquesando.

El avituallamiento preventivo lo hacemos en “el chopo”,  como siempre es una oportunidad para zampar sin límites, diseñado para prepararse ante el reto que nos aguarda y de paso contar alguna batalla.

Hoy tenemos ante nosotros una bonita excursión, un lugar como muchos en nuestra tierra, Aragón, que te deja completamente extasiado.

Al contrario de la mítica construcción asiática, la aragonesa es capricho de la naturaleza. Debajo se encuentra el embalse de Canelles, este cúmulo de agua llega a ser insignificante en detrimento de las dos paredes de piedras verticales y paralelas que se elevan frente a él.

Cuando digo excursión, (Ahí he colisionado con mi amigo J.L.),  me refiero a un término completamente en desuso en la actualidad y que sin embargo posee un gran efecto evocador, tanto que lo sigo empleando intencionadamente hoy en día, como manera de reivindicar un tipo de montañismo en franca regresión. Una palabra que comportaba pequeñas dosis de aventura, al enfrentarse a rutas no tan señaladas como las actuales y donde por tanto los mapas, la intuición y el conocimiento del medio eran claves.

Echamos de menos a Manuel, compañero cariñoso que generaba buen rollo, y se nos ha marchado. “Hoy va por ti amigo”.

La meteorología acompaña y las ráfagas de viento por esta zona resultan suaves.

Después de dos horas y media de andar por una cómoda pista, y con alguno siendo presa fácil de las avispas, hemos llegado a Finestres.

Finestres quedó despoblado en los años cincuenta del pasado siglo XX, tras la construcción del embalse de Canelles, que anegó buena parte de sus tierras de cultivo. Su principal fuente de riqueza era el aceite que proporcionaban sus abundantes olivares.

Caminamos por su calle principal hasta llegar a su plaza. Tal y como nos informa el panel colocado en el centro de la misma, a pesar de ser un despoblado, una de las viviendas del pueblo, casa Coix, (el cojo), suele habitarse durante los meses benignos.

De salida nos encontramos con la señalización que indica el camino  hacia las dos ermitas: San Marcos y San Vicente.

Optamos por acercarnos primero el promontorio donde se encuentra la ermita de San Marcos, un excelente mirador natural en todos los alrededores. Desde allí se obtiene la mejor imagen de la pétrea muralla.

Continuamos decididos a penetrar por la famosa muralla, con la ermita de San Vicente Siglo XI  en medio de dos farallones rocosos que forman el plegamiento. Una simbiosis única entre arquitectura y naturaleza.

Hace unos días, cuando vinimos de avanzadilla para ver el terreno, tuve la sensación de haber sido abducido dentro de una de esas imágenes casi surrealistas que el estudio británico Hipnosis diseñaba para los discos de Pink Floyd en los años setenta.

La sensación de observar lugares que con gran fuerza me evocan a fotografías o pinturas que alguna vez he visto. En ese momento es cuando me pongo a tararear los míticos acordes del  Whish you were Here. No os riais porque los pensamientos más delirantes se van encadenando sin parar, sobre todo si tienes imaginación.

La montaña ha servido muchas veces de decorado en la historia del cine, por ello no es extraño que asociemos ciertos parajes con ciertas películas. La primera vez que vi los Mallos de Lecherines desde el llano de Nazapal, me pareció sacado de un western. Son como las formas que se ven en Monument Valley, pero a otra escala. Y desde que Peter Jackson rodó la trilogía de El señor de los Anillos, asocio muchos paisajes pirenaicos con este film, aunque se rodase en Nueva Zelanda. Si a mi lado hubiera estado caminando Frodo, no me habría extrañado nada.

Bueno, que me pongo místico.

Focalizamos nuestra atención por truculentas cortadas e intrincados vericuetos,  senderos celestiales y con  bajadas de purgatorio que  nos han acercados a la ermita de San Vicente, en la parte superior de la muralla, donde llegamos salvando una pequeña ferrata, media docena de escalones auxiliados por una sirga.

La belleza de esta iglesia embelesa,  pese a no tener techo, el paso del tiempo no ha sido benévolo con ella, y a día de hoy tan solo pueden verse algo que todavía las inclemencias meteorológicas no han podido acabar con ella. Su estrechez, su sobriedad, sus arcadas laterales, sus estrechísimos vanos minuciosamente tallados y, sobre todo, su increíble situación, hacen que sea un lugar de obligada visita. Se trata de una pequeña construcción religiosa tipo castrense, que fue restaurada en el año 1999, dentro de un programa de restauración de lugares históricos  de difícil acceso llevado a cabo por Prames. Me han contado esta pasada semana que las piedras de la puerta principal, fueron expoliadas hace tiempo y no han sido restauradas.

Cuando el “fotidedo” comienza a tener síntomas de fatiga incurable ante semejante desgaste, dado que no hay mejor crónica que las imágenes, decidimos dar media vuelta.

Paramos para comer fraternalmente en la plaza de la villa, de paso tranquilizamos a los músculos del cuerpo, que ya empezaban a tramar una revolución.

Ahora toca volver, y anda que no queda, sin hacer la digestión Félix temeroso de la vuelta,  ordena evacuar el lugar…. Para regresar desharemos nuestros pasos hasta el puente de Peñavera  y, una vez pasado este….ufff…tengo por si acaso preparado un adagio de opera por eso de que “La música amansa las fieras” que tiene su origen en la leyenda de Orfeo, y que alude al efecto tranquilizador de esta, ya veremos ….

Van cayendo unidades con los primeros repechos de subidas y bajadas pero el ritmo de la gente es bueno.

Algunos recordamos episodios de los Simpsons para entretenernos y cantamos canciones desafinando todo lo posible, a ver si así se cubre y llueve un poco, porque estamos con las caras teñidas de color carmín, y sin fuentes en el camino.

Al llegar al autobús, los viciosos reclamaban cerveza, un laudo con el conductor, ha bastado, ha sido como el merecido regalo.

Recorrido largo y más duro de lo esperado con sonrisas condescendientes pero que verdaderamente, ha merecido la pena.

Así ha sido y así os lo cuento.

Salud a todos.

 

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